Las Ánimas de Güica

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Luego de un tiempo de prolongado verano, para el año 1912 se escarneció en los habitantes de la Península de Paraguaná una hambruna que ha quedado hondamente grabada en la tradición popular.
Para ese año las condiciones de la subregión se agravaron al agotarse las reservas de agua en pozos y estanques, al terminarse las provisiones guardadas en trojas, pipas y barriles, al unirse a eso una plaga de chebebes que acabó con los restos de verdor, y un fenómeno de disminución de especies de pesquería que restringió las posibilidades de alimento de la gente humilde.

A todo eso hay que agregar la desatención del arbitrario gobierno de Juan Vicente Gómez, el cual centró su interés en las exploraciones en búsqueda de petróleo en varias regiones del país, y no tomó en cuenta las penurias y clamores de los paraguaneros, victimas de elementos adversos de la naturaleza.

El hambre de 1912 no fue un suceso solamente paraguanero, en lugares de la costa arriba coriana como Píritu también se padecieron sucesos de la misma significación, aunque al parecer no a la escala de la península.

En 1912 la conjunción del largo verano, la plaga de «langostas» y el fenómeno climático de El Niño pusieron a prueba las tradiciones culturales de Paraguaná referidas a la subsistencia. Una mirada a las décadas anteriores nos muestra a la península sometida a épocas de abundancia de lluvias, y prodigalidad de cosechas que salían por los puertos de Adícora y Jayana, o en recuas de burros de casas comerciales como Sierraalta Hermanos, I.A. Senior e hijo, Quiterio Henríquez y sucesores o Casa Comercial Boulton.

Pero también a inclementes veranos que hacían emigrar a sus pobladores. Es decir, Paraguaná siempre vivió entre la abundancia y la escasez, en un precario sistema de dependencia de los periodos de lluvia, recogida de sal y dividive, o aumento de los rebaños de chivos y mulas. Por supuesto, hasta que se instalaron las refinerías de petróleo traído desde el Zulia a mediados de la década de 1940, y comenzó otro sistema de vida para los peninsulares.

Para 1912 la sed era un padecimiento, no se conseguía agua, y la poca que había era de jagüeyes salobres que causó mayores enfermedades en la población. La gente de nuestra tierra se encontró entonces ante una catástrofe: sedienta y hambrienta,. Sin hospitales, ni vías de comunicación, la única forma de salvarse era emprender la emigración hacia Coro y la Sierra.

La tradición de los mayores cuenta escenas de espanto. Huyendo del hambre morían en los caminos. Pequeños túmulos de piedra los recuerdan, y de esa tragedia surgieron la veneración a las ánimas de los muertos del año doce. Algunas con mayor proyección como las de Guasare, otras menos conocidas en lugares como Güica, Piedra Honda, San Joaquín, El Vínculo… todas surgidas de los padecimientos de la gente más humilde de Paraguaná.

En las cercanías de la carretera Adícora-La Encrucijada-Coro, a unos kilómetros de La Bocaína está la entrada a Güica.

A las orillas de la salina de Maquigua queda la capilla, en el sitio donde fueron encontrados pobladores que fallecieron en la emigración hacia Coro.

Relatos de nuestra gente cuentan que Tomás Colina, propietario del hato cercano nombrado «Carretillas», encontró los esqueletos un día mientras recorría los sitios de comedero de sus chivos. Cuenta esa versión que Colina las recogió y llevó a enterrar en un cementerio cercano.

La devoción popular de poblaciones como Baraived, Maquigua y Tacuato hizo se convirtiera en lugar de detenimiento de arrieros y criadores para pedir favores de sanación. La tradición dice que la primera capilla fue construida por el señor Porfirio Arias, y luego ampliada por René Padilla y sus hermanos. Otros cuentan que fue edificada por Alejo Colina, de Baraived, y un señor Ulacio, de Maquigua.

En las Animas de Güica los paraguaneros recordamos una terrible tragedia que azotó sobre nosotros, hacemos un voto de silencio y recogimiento, un acto de fe y creencia por nuestros muertos, de respeto por todos aquellos que fallecieron en los caminos sin que quedara una cruz con su nombre.

He recorrido a pie el camino entre Pueblo Nuevo y Güica para honrar a esos muertos. Para evocar su caminata tras la esperanza. Para honrarlos. Los Tres Olivos, Cerro Concepción, San Pedro, Camunare, Baraived, Camacho, La Bocaína, las orillas de la salina de Maguigua…

Este tributo se suma a la fe popular, al respeto por las ánimas de aquella gente en su odisea de sufrimiento y dolor, para que nunca más se repitan los hechos del hambre del Año Doce.
(Dedico este texto a Narwuin García Aular y Domingo Alfredo Romero, cuñaos. Fue escrito en 2012 para un triptico de la Asociación Cooperativa Atagualpa, de Pueblo Nuevo de Paraguaná)

Isaac López
mayo de 2012.

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