Dios y el mundo

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El reto de la unidad en un mundo fragmentado

Cuando constatamos la realidad global en sus muchas dimensiones descubrimos que la humanidad se ha venido fragmentando al punto de vivir al filo, al borde de lo humano y lo inhumano. Emergen noticias falsas que se mezclan con lo verdadero y generan confusión en las personas que tienen acceso a la información. En otro tiempo Pilato preguntó a Jesús ¿quid veritas?,  ¿cuál es la verdad? Jesús hizo un silencio ensordecedor que aún hoy resuena como un eco en la historia humana. Hoy más que nunca urge responder a esa pregunta por la verdad, pues el panorama fragmentado que vemos pinta no una verdad sino muchas “verdades” las más de las veces según el gusto o capricho de minorías que pretenden imponer sus criterios, aunque éstos sean muchas veces irracionales. V.gr., quienes defienden los derechos de la mujer a decidir sobre su cuerpo violan el derecho a la vida de los no nacidos y la cultura busca legislar y legalizar lo abominable presentándolo como progreso. De verdad camina la humanidad al filo de la navaja, se debate entre la verdad y las verdades fruto del relativismo de nuestro tiempo.

Es un reto inmenso para nosotros ser humanos, algo que dábamos por supuesto en otra época, hoy no es tan evidente. La fragmentación antropológica nos ha llevado a tener tantos rostros y criterios como mundos y circunstancias existen. De ese modo, muchos pierden la verdad de sí mismos y de lo humano y lo sustituyen por un supermercado axiológico a la carta; cada cual elige lo verdadero, lo bueno y lo malo sin percibir las contradicciones inherentes a una lógica irracional y caprichosa. Así, al desvanecerse la verdad sobre el hombre, las personas quedan a la intemperie de los vientos de cambio epocal que promueve lo efímero como verdadero y lo fatuo como necesario. De esta manera se ha dado una auténtica transmutación de los valores en la transmutación de la verdad.

Es una cultura fragmentada en la que tenemos muchos más medios y formas de comunicación y más personas solas e incomunicadas en sus familias. Mucha tecnología y carrera armamentista y sin embargo estamos librando una la guerra contra un virus invisible que ha doblegado a los poderosos. Nuestra gente tiene mucho más acceso a la información y menos a la educación. Pudiéramos decir que hoy conocemos mucho más que nuestros antepasados pero somos menos sabios que ellos. ¿Qué podemos hacer? Lo primero, conocer la cultura emergente y sus tentáculos para dominar las mentes. Lo segundo, asumir el riesgo de vivir y pensar con criterio propio no manipulado. Lo tercero, esgrimir el propio cuadro de referencia ética y esforzarnos por vivir coherentemente con esos principios motores de la vida. Finalmente, combatir la actitud relativista capaz de equiparar la verdad con las opiniones cambiantes. Estos cuatro pasos son el inicio de un proceso pedagógico de redescubrimiento existencial y social, pues la verdad libera a la persona de todo tipo de manipulación, capricho o compensación inconsciente, la libra del chantaje de un mundo que ofrece una felicidad pasajera a cambio de la renuncia a vivir en la unidad personal, es decir a ser distintas personas en un solo cuerpo.

El reto para todos es vivir como seres unitarios en un mundo fragmentario. La cultura convertida en pensamiento y en valores nos ha llevado a prescindir de lo racional, lo espiritual para suplantarlo por lo emotivo, lo ligero, lo fugaz en el aquí y ahora de la existencia. El peligro es morir sin haber vivido, fenecer en la fantasía de la libertad al modo del gusto y no del ser, tener un pensamiento débil, frágil sin convicciones ni ideales que den sentido al presente, incluso si este estuviera marcado por el sufrimiento y el dolor. Por eso el hombre fragmentado huye del dolor, de la cruz, del amor que compromete para siempre y lo sustituye por un mientras tanto, mientras se sienta bien. La unidad, esa conquista que concilia alma, espíritu, cuerpo en un proyecto de vida con un sentido y valor, es una gracia que salva al hombre de la fatalidad; le ayuda a alcanzar la autenticidad, a vivir en la verdad y de verdad, a no estar bamboleado cual veleta por la dirección de los vientos y a hacerse referente para otros que han naufragado ya en sus vidas y no le ven sentido a cuanto viven. Somos nosotros, los llamados a vivir en la libertad gozosa de los hijos de Dios y a transparentar la alegría que necesita la creación. Ser uno con el Creador, uno con la creación, uno consigo mismo es un reto. La comunión tripartida se convierte de ese modo en proyecto y horizonte de vida, en una buena noticia que el mundo necesita oír y evidenciar. ¡Ánimo, este mundo nos necesita! Seamos testigos de la comunión viviendo en la verdad que es Cristo.

P. Gilberto García, SCJ.

La Mañana

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