Miel y Salmuera: Perdida y devaluada

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Tal como ocurre con el juego de llaves, ella acostumbra a desaparecer. La busco debajo de la cama y solo consigo el cúmulo de polvo causante de mi alergia nocturna; en la mesa del comedor tampoco está, apenas quedan restos de unas conchas de cambur en descomposición, recordándome que el día de mañana haré -si acaso- una comida. No la encuentro en el bolsillo secreto de mi cartera, traducido realmente en un hueco que siempre olvido coser. En vano resulta buscar encima de la nevera vacía y descongelada, o en el ropero desde el que deslucen mis vestidos viejos y deshilachados. Al fin, luego de dar tantas vueltas a la cabeza, recuerdo que la poca imaginación que me quedaba, se la llevó el carnicero de la esquina con el kilo de hueso blanco que le fié para la cena navideña, con el propósito de hacer rendir mis aguinaldos.

Durmió toda la noche, nada de levantarse para ir al baño, tomar agua o  escuchar ruidos extraños en la casona heredada de sus abuelos. Se despertó alegre, descansada y con ganas de comerse al mundo. Fumó un cigarrillo,  preparó un café cargado, se duchó, cepilló los dientes, sacó el vestido y los zapatos nuevos que había guardado para una ocasión especial. Al intentar maquillarse y peinarse, el espejo reflejó la realidad: era un cadáver descompuesto y olvidado en la mansión abandonada, producto del hábito que la mató mientras dormía.

   Regalo de Reyes

Como de un sueño premonitorio se despertaron ese 06 de enero para darse el regalo de Reyes. Soy un estorbo en tu vida, dijo él. Esto no tiene futuro, pensó ella momentos antes. Una llamada de tres minutos bastó para que cuatro años de amores secretos gritados a voces y un siglo de poesía y pintura se desvanecieran como incienso quemado. Los magos se llevaron el oro y la mirra, les dejaron las cenizas.

Ana Cristina Chávez [email protected]

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