Miel y Salmuera | Jugar Para vivir (En contra de los hombres hongos)

Comparte

 “Conozco un planeta donde vive un señor  carmesí. Este señor jamás ha olido una flor. Jamás ha contemplado una estrella. Jamás ha amado a nadie. Nunca ha hecho más que sumas. Y todo el tiempo repite como tú: ¡Soy un hombre serio! ¡Soy un hombre muy serio! Y esto lo hace hincharse de orgullo. Pero no es un hombre, ¡es un hongo!” (El Principito. Antoine de Saint-Exupéry)

 Entre las diversas enseñanzas que nos deja la historia de “El Principito”, está la de aprender a ver el mundo con ojos de niño, con la inmensa claridad que caracteriza a los infantes, con su observar imaginativo y creador, un poco clarividente, pero también esclarecedor, un mirar soñador y lúdico, como el que debieran poseer los poetas, los músicos, los pintores, los escritores, los artistas en general.

Vivir la vida, comprender nuestro entorno, saber leerlo, debe estar impregnado de juego, de ser capaces de desarrollar las habilidades lúdicas plenas de magia y fantasía. Basta observar a un niño jugando y constataremos cómo va construyendo todo un nuevo universo alrededor de él y sus juguetes, de sus palabras y acciones.

Cuando crecemos, nos convertimos en adultos-hongos, como el personaje del relato del pequeño príncipe, nos dedicamos a controlar, a contar, a contabilizar todo lo que nos rodea y nos olvidamos de admirar y disfrutar la belleza presente; la vorágine de la existencia nos atrapa y a veces no sabemos cómo librarnos de tanta realidad.

Pablo Neruda en su libro autobiográfico «Confieso que he vivido» nos da una clave: «…en mi casa he reunido juguetes pequeños y grandes, sin los cuales no podría vivir. El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta. He edificado mi casa también como un juguete y juego en ella de la mañana a la noche».  

   Recreación, juego y aprendizajevan de la mano, porque en esos ratos de entretenimiento, distracción o  esparcimiento, la actividad lúdica es preponderante, tal como lo señala José David, autor de «Juegos creativos para la vida moderna» (1997, Editorial LUMEN): » el juego aporta al ser humano múltiples sentimientos y experiencias educativas diferentes a las que se puede acceder en la vida corriente. En la trayectoria de todo ser humano, el juego ha cumplido y cumple una cierta utilidad. Sea como cauce para un exceso de energía vital, como impulso congénito de imitación,  como ejercicios preparatorios de la vida, como deseos de relajamiento, forma de dominio personal, o yendo a explicaciones más profundas; como búsqueda del deseo de poder dominar, de compartir o de fantasear». (p. 13).

   Y una palabra clave en lo expresado por David es compartir, porque al jugar «se experimenta la creatividad con otro, es decir la tarea colectiva, bajo una atmósfera placentera. Los juegos provocan una participación físico-motora por lo que la comunicación se ve mejor dimensionada en todos sus aspectos. Ayudan a relajar las tensiones, sean éstas grupales o extragrupales. Son generadores de solidaridad; compartir una misma experiencia lúdica genera, durante y luego de ella, pautas de solidaridad y unión que demorarían mayor cantidad de tiempo en aparecer de otra manera. Por último, los roles vividos en el contexto del juego, parecerían superar por lo menos temporalmente, los condicionantes diferenciales que emergen de los diversos status socio-económicos…En resumen, el juego posibilita en gran escala la humanización de las relaciones sociales dentro de los pequeños grupos…» (pp.19-20).

   Pero jugar no solo implica lo antes expuesto, también se refiere a una actividad mental donde cerebro y acción – a través de la construcción de palabras e imágenes- se combinan para transformar el acto creador en un hecho placentero. Jugar con la memoria, la imaginación, el lenguaje y su infinito mundo de posibilidades. Aprender a jugar con la naturaleza y lo que nos ofrece, disfrutar de su estética, sus fragancias, texturas y sonidos, nos alimenta el espíritu.

   Las cosas simples de la vida son las que realmente nos llenan de placer, y para ello es necesario observarlas con el asombro de un niño que juega y se divierte. Caminar por la playa con tu pareja admirando la grandeza del mar mientras recoges caracoles o disfrutas de un bello atardecer, son sólo algunas de ellas. Tal vez en Navidad el consumismo se impone y nos convertimos en una máquina de comprar. Pero, ¿realmente cuando damos un obsequio lo hacemos desde el corazón o sólo por cumplir y quedar bien? ¿Durante todo el año le regalamos a esa persona una sonrisa, un gesto de agradecimiento o una palabra amable? ¿Actuamos buscando el bien común o únicamente nuestro propio bienestar? ¿Somos capaces de abrir nuestro corazón y entregar al prójimo el amor que contenemos?, ¿nos dejamos domesticar como el zorro de El Principito y establecemos lazos de amistad?

   Un claro ejemplo de la grandeza afectiva que debe tener un ser humano es la siguiente historia publicada en el libro “La carta a García y otras parábolas del éxito”, compilación de Jaime Lopera y Marta Bernal, titulada “El regalo”, la cual relata lo siguiente:

   “Dos hombres, ambos postrados en cama por enfermedades terminales, compartían un mismo cuarto de hospital. Uno de ellos debía sentarse todas las tardes durante una hora, para drenar el líquido de sus pulmones; su asiento estaba localizado frente a la única ventana de la habitación. Su compañero, en cambio, debía permanecer acostado y lejos de la misma.

   Conversaban incesantemente durante esas curaciones y todos los días hablaban de sus familias, de sus trabajos, de su servicio militar y de los sitios que habían conocido en vacaciones. Siempre, cuando el hombre ubicado al lado de la ventana se sentaba a recibir el tratamiento, el ocupante del otro lado se pasaba el tiempo escuchando lo que su amigo veía a través de ella. Con lujo de detalles, aquel le contaba del bello lago azul, los niños jugando, las familias descansando, los enamorados que recogían flores, los deportistas corriendo o montando en bicicleta. El enfermo veía a través del narrador aquel hermoso parque lleno de luz y color.

   Pasaron las semanas, hasta que un día el hombre de la ventana murió tranquilamente mientras dormía. Pasado el momento de dolor, el amigo se apresuró a pedirle a la enfermera que le diera la otra cama para estar más cerca de aquella hermosa vista. Cuando lo ubicaron cerca de la ventana, se incorporó e hizo el esfuerzo de mirar a través del vidrio el paisaje que tan bien conocía gracias a los ojos de su compañero. ¡Cuál fue su sorpresa cuando vio el paredón oscuro y húmedo del edificio del lado!

   Confundido y entristecido, el hombre le preguntó a la enfermera lo que pensaba, cómo explicaba las cosas maravillosas que su amigo le había descrito. Para mayor sorpresa, la enfermera le dijo que el amigo fallecido ¡era ciego! Y añadió: Tal vez lo único que quería era animarlo a usted”.    

    En tiempos de pandemia, el encierro nos ha enseñado a valorar al otro aunque esté lejos, a estrechar lazos de amistad a través de la palabra escrita, de la llamada telefónica, sin establecer contacto físico, tan necesario también, pero tan riesgoso en circunstancias como éstas. Domesticarnos no es fácil, requiere paciencia, como la demostró el príncipe viajero de asteroides, y para sobrevivir, la fantasía ha sido necesaria. Unir imaginación, creatividad y amor se han convertido en la clave, pero aprender a maravillarse de las pequeñas cosas cotidianas de nuestro hogar, ha sido una tabla salvadora también. Volvimos a ser unos niños y a mirar el mundo desde su altura, tan pequeña y tan inmensa a la vez, libre de esos prejuicios que nos agotan, ensombrecen el alma y no nos permiten disfrutar del juego que representa la vida y aprender a vivirla.

                                       ¡Nos seguimos leyendo!

Ana Cristina Chávez / [email protected]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *