Army, ídolos y otros amores, por Ana Cristina Chávez

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Miel y salmuera

    Mario Benedetti, en su relato “Los viudos de Margaret Sullavan”, afirma: “Es inevitable que en la adolescencia uno se enamore de una actriz. Y ese enamoramiento suele ser definitorio y también formativo. Una actriz de cine no es exactamente una mujer; más bien es una imagen. Y a esa edad uno tiende, como primera tentativa, a enamorarse de imágenes de mujer antes que de mujeres de carne y hueso. Luego, cuando se va penetrando realmente en la vida, no hay mujer de celuloide –al fin de cuentas solo captable por la vista y el oído- capaz de competir con las mujeres reales, igualmente captables por ambos sentidos, pero que además pueden ser disfrutadas por el gusto, el olfato y el tacto.

   Pero la actriz que por primera vez nos corta el aliento e invade nuestros insomnios, significa también nuestro primer ensayo de emoción, nuestro primer borrador de amor. Un borrador que años después pasaremos en limpio con alguna muchacha –o mujer-, que seguramente poco o nada se asemejará a aquella imagen de inauguración… Sin embargo, el amor de celuloide es importante. Significa algo así como un preestreno. Frente a aquel rostro, a aquella sonrisa, a aquella mirada, a aquel ademán, tan reveladores, uno prueba sus fuerzas, hace la primera gimnasia del corazón, y algunas veces hasta escucha campanas. Y como, después de todo, no se corre mayor riesgo (la imagen por lo general está remota, en un Hollywood o una Cinecità inalcanzables), uno se deja soñar, desinhibido, resignado y veraz, aunque el fondo de tanta franqueza sea un amor de ficción”

  En esta historia, el escritor uruguayo nos revela su conmoción al enterarse de la muerte de la actriz estadounidense Margaret Sullavan (1909-1960), quien fue su primer amor “de película”. Como en otros aspectos, nos identificamos con Benedetti desde la posición del fanático y admirador. Estando en bachillerato, a finales de los 80 y principios de los 90, me convertí en fan del grupo puertorriqueño Menudo, con la generación de Ricky Martin, Sergio, Rubén, Ángelo y Robert Avellanet, siendo este último mi preferido. También me gustaba Chayanne, y tuve la dicha de asistir a conciertos de estos cantantes. Del quinteto boricua el más famoso ha sido Ricky, con una carrera consolidada, pero Robert, con una trayectoria artística más discreta, se ha convertido en un guapo padre de familia, muy activo en Instagram. Acerca de Chayanne, cualquier palabra se queda corta. Su talento y carisma saltan a la vista, tanto o más que sus atributos físicos, porque ese morenazo es como el buen vino, toda una belleza que se mantiene vigente. 

   La adolescencia es una época de cambios, de descubrimientos, de búsqueda de identidad, por eso aferrarse a algún artista y a su grupo de fans, es una manera de conseguir aceptación, interrelacionarse con otros e integrarse con iguales. Elisa Pont (“El fenómeno de los fans en la música pop”, 2020), explica que “la palabra fan proviene del inglés fanatic, y en su acepción latina fanaticus, significa un servidor del templo, un devoto. Ser fan de alguien, por tanto, es sentir esa devoción o pasión por la figura de otra persona a la que normalmente se idolatra”. De tal modo, a ese actor o cantante se le puede llegar a ver como un auténtico Dios, como un ídolo al que se venera, hasta el punto de marcar toda una vida musical y familiar, bautizando a los hijos con el nombre del artista de ensueño.

   Con el mismo fervor que sintió Benedetti en su adolescencia, las primeras experiencias eróticas de algunos caballeros venezolanos fueron protagonizadas por el tongoneo de una vedette de televisión, cuya sensualidad y sexualidad traspasaban la pantalla en blanco y negro, logrando que el espectáculo sabatino previamente anunciado, fuera esperado con ansias por los fanáticos de la voluptuosidad característica de “La bomba de Puerto Rico”. (Como verán, los de la isla del encanto se apoderaron de nuestros corazones desde temprana edad, cuando nuestra diversión provenía de un televisor).  

   Ahora, en plena era de internet y las redes sociales, la relación artista y fandom, -o fanaticada- ha dado un vuelco a favor de los seguidores, puesto que hay posibilidad de interactuar con los ídolos de distintas maneras y superar las barreras del idioma gracias al traductor de google. La oportunidad de seguirle la pista al artista de tu preferencia, conocer las tendencias musicales, descargar canciones desde distintas plataformas, ver videos, shows, conferencias de prensa, conciertos en línea y presentaciones en vivo desde tus dispositivos electrónicos, cuentas de instagram o tuiter, hacen que la experiencia del fanático sea más cercana.

   Producto de esta interacción y presencia constante en las redes sociales, un grupo de siete jóvenes de Corea del Sur, está brillando en la escena mundial, mostrando una manera diferente de ser artista y sumar adeptos. Jin, RM, J-Hope, Suga, V, Jimin y Jungkook, integran Bangtan Sonyeondan, conocida como BTS, la banda de chicos más grande de la actualidad, comparada con los Beatles, pero que canta en coreano, alternando con letras en inglés e incluso en español. 

   Con BTS he vuelto a ser una fanática. Esta agrupación conformada por jóvenes que cantan, rapean, bailan, componen, producen y modelan, me ha hecho retomar las andanzas de la seguidora fiel, ahora adaptada a la era digital. Con la madurez de los 40 años (bueno, de los 44 en pocos días, por qué negarlo), me he atrevido a disfrutar de su música, superando los prejuicios que impone el enfrentarse a una cultura desconocida, para descubrir un nuevo mundo ante mí, que abarca desde el espectáculo que representa cada una de sus presentaciones, sus acrobáticas coreografías, mezcla de ritmos, presencia escénica, cualidades vocales, letras profundas y variadas, hasta el carisma y sencillez que han cautivado a todos los espectadores.

   Provenientes de una empresa pequeña (Big Hit Entertainment), que día a día incrementa su magnitud comercial y proyección, oriundos además, de localidades distintas a Seúl, la capital surcoreana, los miembros de BTS han logrado consolidar un ejército de seguidores que antes de su debut en el año 2013, creían que todos los de ojos rasgados eran ciudadanos chinos. ARMY es el fandom que los representa, los defiende y venera como ídolos, llevando el rol del fanático a un nivel superior, al realizar labores sociales en nombre de los chicos, campañas ambientalistas, donaciones a instituciones educativas, entre otras actividades que incluyen proyectos artísticos y publicitarios para celebrar los cumpleaños de cada integrante.

    Contrario a lo que piensan muchos, ARMY no está conformado únicamente por chiquillas de doce años, sino que cada vez más jóvenes y adultos sin distingo de edad, se suman a este ejército. El único requisito es despojarse de barreras mentales, visitar sus canales de youtube Bangtantv y Big Hit Labels, para dejarse cautivar por las melodías románticas, canciones vibrantes, bailes sincronizados, vocales envolventes, visuales hipnotizantes y graciosos detrás de cámaras. Los vestuarios llamativos, cabellos coloridos, maquillaje, aretes, anillos, son simples accesorios, parte del show (pero le quedan de maravilla en esta época de construcción de una nueva masculinidad), lo que importa es la música que hacen y su contenido. Usted coloque los subtítulos o las traducciones a las canciones y relájese.

   BTS me salvó antes y durante el confinamiento. Ellos no dudan en mostrar su vulnerabilidad frente a los fans, escribiendo e interpretando temas que reflejen sus miedos y preocupaciones, así como su lado más positivo, fuerte y esperanzador. La música es el antídoto a muchos males y nos alegra la vida, de eso no hay duda. Abracemos el arte en todas sus manifestaciones, hay un universo por conocer y una nueva manera de relacionarse, reconocerse e integrarse. Háganse fanáticos de la buena energía y enamórense como la primera vez. No perdamos la  pasión, siempre hay un “idol” perfecto para cada quien.

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